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poemas y cartas a mi amante joven loca poeta psicoanalista AUTOR MIGUEL OSCAR MENASSA TALLER DE POSÌA coordinadora Pilar Iglesias

y audios de poemas en cada una de las siguientes imágenes

1.- 






2.- 
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TALLER DE POESÍA tareas para los grupos


Tareas TALLER DE POESÍA 
Tareas:JUNIO- JULIO 2015
1.- Argumentar desde los textos de Freud  que la entrevista  es inventada.


2.-Entrevista a un escritor o poeta donde las respuestas a vuestras preguntas, se tienen que extraer de los testos del autor que se elija
En la Revista CULTURA MÁS  se publicó un texto  ENTREVISTA A SIGMUND FREUD, donde las contestaciones que hace a mis preguntas, las importo literalmente de sus textos.
3.-Escribir entrevista a la Coordinadora del Taller de POESÍA, Pilar Iglesias. (Sólo las preguntas) 
4.-Buscar en Pedro Salinas y Raúl González Tuñón los significantes, versos, ETC.. QUE SE REPITEN EN SUS OBRAS

Para el taller del miércoles 19:30 (has. España península) 

y sábado 10:30 (has. R. Argentina) 

TÍTULOS DEL POEMA 
1.- MI PATRIA ESTA TRISTEZA / 2BLANCO MANTO NEGRA SAVIA / LOCA BOCA/ 
AGONIZA MI CANTO


    tareas de julio del DEL TALLER DE POESÌA Y EL POEMA EN AUDIO: LA MUERTE DEL HOMBRE autor MIGUEL OSCAR MENASSA


    Tareas TALLER DE POESÍA 
    Tareas:JUNIO- JULIO 2015
    1.- Argumentar desde los textos de Freud  que la entrevista  es inventada.


    2.-Entrevista a un escritor o poeta donde las respuestas a vuestras preguntas, se tienen que extraer de los testos del autor que se elija

    En la Revista CULTURA MÁS  se publicó un texto  ENTREVISTA A SIGMUND FREUD, donde las contestaciones que hace a mis preguntas, las importo literalmente de sus textos.
    3.-Escribir entrevista a la Coordinadora del Taller de POESÍA, Pilar Iglesias. (Sólo las preguntas) 
    4.-Buscar en Pedro Salinas y Raúl González Tuñón los significantes, versos, ETC.. QUE SE REPITEN EN SUS OBRAS

    Para el taller del miércoles 19:30 (has. España península) 

    y sábado 10:30 (has. R. Argentina) 

    TÍTULOS DEL POEMA 
    1.- MI PATRIA ESTA TRISTEZA / 2.-  BLANCO MANTO NEGRA SAVIA / 3.- LOCA BOCA/ 
    4.- AGONIZA MI CANTO


      TAREAS TALLER DE POESÍA DE LOS MIÉRCOLES coordinadora Pilar Iglesias

      Las rosas de Bariloche

      Tareas TALLER DE POESÍA miércoles 19:30 horas
      Tareas:JUNIO JULIO 2015
      1.- Argumentar desde los textos de Freud  que la entrevista  es inventada.
      Entrevista Ficticia de Giovanni Papini a Freud.
      2.-Entrevista a un escritor o poeta donde las respuestas a vuestras preguntas, se tienen que extraer de los testo del autor que se elija
      En la Revista CULTURA MÁS  se publicó un texto  ENTREVISTA A SIGMUND FREUD, donde las contestaciones que hace a mis preguntas, las importo literalmente de sus textos.
      3.-Escribir entrevista a la Coordinadora del Taller de POESÍA, Pilar Iglesias. (Sólo las preguntas) 
      4.-Buscar en Pedro Salinas y Raúl González Tuñón los significantes, versos, ETC.. QUE SE REPITEN EN SUS OBRAS

      Para el taller del miércoles  10 de junio de 2015

      TÍTULO DEL POEMA PARA ESTA SEMANA:: Corazón


      TALLER DE POESÍA PEDRO SALINAS POEMA CERO Y MEMORIA EN LAS MANOS EN AUDIO

      PEDRO SALINAS

      CERO
      Y esa Nada, ha causado muchos llantos,
      Y Nada fue instrumento de la Muerte,
      Y Nada vino a ser muerte de tantos.
      Francisco de Quevedo
      Ya maduró un nuevo cero
      que tendrá su devoción.
      Antonio Machado
      I

      I

      Invitación al llanto. Esto es un llanto, 
      ojos sin fin, llorando,
      escombrera adelante, por las ruinas
       de innumerables días.
      Ruinas que esparce un cero —autor de nadas,
      obra del hombre—, un cero, cuando estalla.



      Cayó ciega. La soltó,
      la soltaron, a seis mil
      metros de altura, a las cuatro.
      ¿Hay ojos que le distingan
      a la tierra sus primores
      desde tan alto?
      ¿Mundo feliz? ¿Tramas, vidas,
      que se tejen, se destejen,
      mariposas, hombres, tigres,
      amándose y desamándose?
      No. Geometría. Abstractos
      colores sin habitantes,
      embuste liso de atlas.
      Cientos de dedos del viento
      una tras otra pasaban
      las hojas
      márgenes de nubes blancas
      de las tierras de la Tierra,
      vuelta cuaderno de mapas.
      Y a un mapa distante ¿quién
      le tiene lástima? Lástima
      da una pompa de jabón
      irisada, que se quiebra;
      o en la arena de la playa
      un crujido, un caracol
      roto
      sin querer, con la pisada.
      Pero esa altura tan alta
      que ya no la quieren pájaros,
      le ciega al querer su causa
      con mil aires transparentes.
      Invisibles se le vuelven
      al mundo delgadas gracias:
      la azucena y sus estambres,
      colibríes y sus alas,
      las venas que van y vienen,
      en tierno azul dibujadas,
      por un pecho de doncella.
      ¿Quién va a quererlas si no se las ve de cerca?
      Él hizo su obligación:
      lo que desde veinte esferas
      instrumentos ordenaban,
      exactamente: soltarla
      al momento justo.
                   Nada.
      Al principio
      no vio casi nada. Una
      mancha, creciendo despacio,
      blanca, más blanca, ya cándida.
      ¿Arrebañados corderos?
      ¿Vedijas, copos de lana?
      Eso sería...
      ¡Qué peso se le quitaba!
      Eso sería: una imagen
      que regresa.
      Él era un niño —allá atrás—que en estíos campesinos
      con los corderos jugaba
      por el pastizal. Carreras,
      topadas, risas, caídas
      de bruces sobre la grama,
      tan reciente de rocío
      que la alegría del mundo
      al verse otra vez tan claro,
      le refrescaba la cara.
      Sí; esas blancuras de ahora,
      allá abajo
      en vellones dilatadas,
      no pueden ser nada malo:
      rebaños y más rebaños
      serenísimos que pastan
      en ancho mapa de tréboles.
      Nada malo. Ecos redondos
      de aquella inocencia doble
      veinte años atrás; infancia
      triscando con el cordero
      y retozos celestiales,
      del sol niño con las nubes
      que empuja, pastora, el alba.

      Mientras,
      detrás de tanta blancura
      en la tierra no era mapa
      en donde el cero cayó,
      el gran desastre empezaba.

      II

      Muerto inicial y víctima primera:
      lo que va a ser y expira en los umbrales
      del ser. ¡Ahogado coro de inminencias!
      Heráldicas palabras voladoras
      —«¡pronto!», «¡en seguida!», «¡ya!»— nuncios de dichas
      colman el aire, lo vuelven promesa.
      Pero la anunciación jamás se cumple:
      la que aguardaba el éxtasis, doncella,
      se quedará en su orilla, para siempre
      entre su cuerpo y Dios alma suspensa.
      ¡Qué de esparcidas ruinas de futuro
      por todo alrededor, sin que se vean!
      Primer beso de amantes incipientes.
      ¡Asombro! ¿Es obra humana tanto gozo?
      ¿Podrán los labios repetirlo? Vuelan
      hacia el segundo beso; más que beso,
      claridad quieren, buscan la certeza
      alegre de su don de hacer milagros
      donde las bocas férvidas se encuentran.
      ¿ Por qué si ya los hálitos se juntan
      los labios a posarse nunca llegan?
      Tan al borde del beso, no se besan.

      Obediente al ardor de un mediodía
      la moza muerde ya la fruta nueva.
      La boca anhela el más celado jugo;
      del anhelo no pasa. Se le niega
      cuando el labio presiente su dulzura
      la condensada dentro, primavera,
      pulpas de mayo, azúcares de junio,
      día a día sumados a la almendra.

      Consumación feliz de tanta ruta,
      último paso, amante, pie en el aire,
      que trae amor adonde amor espera.
      Tiembla Julieta de Romeos próximos,
      ya abre el alma a Calixto, Melibea.
      Pero el paso final no encuentra suelo.
      ¿Dónde, si se hunde el mundo en la tiniebla,
      si ya es nada Verona, y si no hay huerto?
      De imposibles se vuelve la pareja.

      ¿Y esa mano —¿de quién?—, la mano trunca
      blanca, en el suelo, sin su brazo, huérfana,
      que buscas en el rosal la única abierta,
      y cuando ya la alcanza por el tallo
      se desprende, dejándose a la rosa,
      sin conocer los ojos de su dueña?

      ¡Cimeras alegrías tremolantes,
      gozo inmediato, pasmo que se acerca:
      la frase más difícil, la penúltima,
      la que lleva, derecho, hasta el acierto,
      perfección vislumbrada, nunca nuestra!
      ¡Imágenes que inclinan su hermosura
      sobre espejos que nunca las reflejan!

      ¡Qué cadáver ingrávido: una mañana
      que muere al filo de su aurora cierta!
      Vísperas son capullos. Sí, de dichas;
      sí, de tiempo, futuros en capullos.
      ¡Tan hermosas, las vísperas!
      ¡Y muertas!

      III

      ¿Se puede hacer más daño, allí en la tierra?
      Polvo que se levanta de la ruina,
      humo del sacrificio, vaho de escombros
      dice que sí se puede. Que hay más pena.
      Vasto ayer que se queda sin presente,
      vida inmolada en aparentes piedras.

      ¡Tanto afinar la gracia de los fustes
      contra la selva tenebrosa alzados
      de donde el miedo viene al alma, pánico!
      Junto a un altar de azul, de ola y espuma,
      el pensar y la piedra se desposan;
      el mármol, que era blanco, es ya blancura.
      Alborean columnas por el mundo,
      ofreciéndole un orden a la aurora.
      No terror, calma pura da este bosque,
      de noble savia, pórtico.
      Vientos y vientos de dos mil otoños
      con hojas de esta selva inmarcesible
      quisieran aumentar sus hojarascas.
      Rectos embisten, curvas les engañan.
      Sin botín huyen. ¿Dónde está su fronda?
      No pájaros, sus copas, procesiones
      de doncellas mantienen en lo alto,
      que atraviesan el tiempo, sin moverse.

      Este espacio que no era más que espacio
      a nadie dedicado, aire en vacío,
      la lenta cantería lo redime
      piedras poniendo, de oro, sobre piedras,
      de aquella indiferencia sin plegaria.
      Fiera luz, la del sumo mediodía,
      claridad, toda hueca, de tan clara
      va aprendiendo, ceñida entre altos muros
      mansedumbres, dulzuras; ya es misterio.
      Cantan coral callado las ojivas.
      Flechas del alba cruzan por los santos
      incorpóreos; no hieren, les traen vida
      de colores. La noche se la quita.
      La bóveda, al cerrarse abre más cielo.
      Y en la hermosura vasta de estos límites
      siente el alma que nada la termina.

      Tierra sin forma, pobre arcilla; ahora
      el torno la conduce hasta su auge:
      suave concavidad, nido de dioses.
      Poseidón, Venus, Iris, sus siluetas
      en su seno se posan. A esta crátera
      ojos, siempre sedientos, a abrevarse
      vienen de agua de mito, inagotable.
      Guarda la copa en este fondo oscuro
      callado resplandor, eco de Olimpo.
      Frágil materia es, mas se acomodan
      los dioses, los eternos, en su círculo.

      Y así, con lentitud que no descansa,
      por las obras del hombre se hace el tiempo
      profusión fabulosa. Cuando rueda
      el mundo, tesorero, ya sumando
      en cada vuelta gana una hermosura
      a belleza de ayer, belleza inédita.
      Sobre sus hombros gráciles las horas
      dádivas imprevistas acarrean.
      ¿Vida? Invención, hallazgo, lo que es
      hoy a las cuatro, y a las tres no era.
      Gozo de ver que si se marchan unas
      trasponiendo la ceja de la tarde,
      por el nocturno alcor otras se acercan.
      Tiempo, fila de gracias que no cesa.
      ¡Qué alegría, saber que en cada hora
      algo que está viniendo nos espera!
      Ninguna ociosa, cada cual su don;
      ninguna avara, todo nos lo entregan.
      Por las manos que abren somos ricos
      y en el regazo, tierra, de este mundo
      dejando van sin pausa
      novísimos presentes: diferencias.

      ¿Flor? Flores. ¡Qué sin fin de flores, flor!
      Todo, en lo igual, distinto: primavera.
      Cuando se ve la tierra amanecerse
      se siente más feliz. La luz que llega
      a estrecharle las obras que este día
      le acrece su plural. ¡Es más diversa!

      IV

      El cero cae sobre ellas.
      Ya no las veo, a las muchas,
      las bellísimas, deshechas,
      en esa desgarradora
      unidad que las confunde,
      en la nada, en la escombrera.

      Por el escombro busco yo a mis muertos;
      mas me duele su ser tan invisibles.
      Nadie los ve; lo que se ve son formas
      truncas; prodigios eran, singulares,
      que retornan, vencidos, a su piedra.
      Muertos añosos, muertos a lo lejos,
      cadáveres perdidos,
      en ignorado osario perfecciona
      la tierra, lentamente, su esqueleto.
      Su muerte fue hace mucho. Esperanzada
      en no morir, su muerte. Ánima dieron
      a masas que yacían en canteras.
      Muchas piedras llenaron de temblores.
      Mineral que camina hacia la imagen,
      misteriosa tibieza, ya corriendo
      por las vetas del mármol,
      cuando, curva tras curva, se le empuja
      hacia su más, a ser pecho de ninfa.
      Piedra que late así con un latido
      de carne que no es suya, entra en el juego
      —ruleta son las horas y los días—:
      el jugarse a la nada, o a lo eterno
      el caudal de sus formas confiado:
      el alma de los hombres, sus autores.
      Si es su bulto de carne fugitivo,
      ella queda detrás, la salvadora
      roca, hija de sus manos, fidelísima,
      que acepta con marmóreo silencio
      augusto compromiso: eternizarlos.
      Menos morir, morir así: transbordo
      de una carne terrena a bajel pétreo
      que zarpa, sin más aire que le impulse
      que un soplo, al expirar, último aliento.
      Travesía que empieza, rumbo a siempre;
      la brújula no sirve, hay otro norte
      que no confía a mapas su secreto;
      misteriosos pilotos invisibles,
      desde tumbas los guían, mareantes
      por aguja de fe, según luceros.
      Balsa de dioses, ánfora.
      Naves de salvación con un polícromo
      velamen de vidrieras, y sus cuentos.
      Mármol, que flota porque viste de Venus.
      Naos prodigiosas, sin cesar hendiendo
      inmóviles, con proas tajadoras
      auroras y crepúsculos, espumas
      del tumbo de los años; años, olas
      por los siglos alzándose y rompiendo.
      Peripecia suprema día y noche,
      navegar tesonero
      empujado por racha que no atregua:
      negación del morir, ansia de vida,
      dando sus velas, piedras, a los vientos.
      Armadas extrañísimas de afanes,
      galeras, no de vivos, no de muertos,
      tripulaciones de querencias puras,
      incansables remeros,
      cada cual con su remo, lo que hizo,
      soñando en recalar en la celeste
      ensenada segura, la que está
      detrás, salva, del tiempo.

      V

      ¡Y todos, ahora, todos,
      qué naufragio total, en este escombro!
      No tibios, no despedazados miembros
      me piden compasión, desde la ruina:
      de carne antigua voz antigua, oigo.

      Desgarrada blancura, torso abierto,
      aquí, a mis pies, informe.
      Fue ninfa geométrica, columna.
      El corazón que acaban de matarle,
      Leucipo, pitagórico,
      calculador de sueños, arquitecto,
      de su pecho lo fue pasando a mármoles.
      Y así, edad tras edad, en estas cándidas
      hijas de su diseño
      su vivir se salvó. Todo invisible,
      su pálpito y su fuego.
      Y ellas abstractos bultos se fingían,
      pura piedra, columnas sin misterio.

      Más duelo, más allá: serafín trunco,
      ángel a trozos, roto mensajero.
      Quebrada en seis pedazos
      sonrisa, que anunciaba, por el suelo.
      Entre el polvo guedejas
      de rubia piedra, pelo tan sedeño
      que el sol se lo atusaba a cada aurora
      con sus dedos primeros.
      Alas yacen usadas a lo altísimo,
      en barro acaba su plumaje célico.
      (A estas plumas de ángel desalado
      encomendó su vuelo
      sobre los siglos el hermano Pablo,
      dulce monje cantero.)
      Sigo escombro adelante, solo, solo.
      Hollando voy los restos
      de tantas perfecciones abolidas.
      Años, siglos, por siglos acudieron
      aquí, a posarse en ellas; rezumaban
      arcillas o granitos,
      linajes de humedad, frescor edénico.
      No piso la materia; en su pedriza
      piso al mayor dolor, tiempo deshecho.
      Tiempo divino que llegó a ser tiempo
      poco a poco, mañana tras su aurora,
      mediodía camino de su véspero,
      estío que se junta con otoño,
      primaveras sumadas al invierno.
      Años que nada saben de sus números,
      llegándose, marchándose sin prisa,
      sol que sale, sol puesto,
      artificio diario, lenta rueda
      que va subiendo al hombre hasta su cielo.
      Piso añicos de tiempo.
      Camino sobre anhelos hechos trizas,
      sobre los días lentos
      que le costó al cincel llegar al ángel;
      sobre ardorosas noches,
      con el ardor ardidas del desvelo
      que en la alta madrugada da, por fin,
      con el contorno exacto de su empeño...
      Hollando voy las horas jubilares:
      triunfo, toque final, remate, término
      cuando ya, por constancia o por milagro,
      obra se acaba que empezó proyecto.
      Lo que era suma en un instante es polvo.
      ¡Qué derroche de siglos, un momento!
      No se derrumban piedras, no, ni imágenes;
      lo que se viene abajo es esa hueste
      de tercos defensores de sus sueños.
      Tropa que dio batalla a las milicias
      mudas, sin rostro, de la nada; ejército
      que matando a un olvido cada día
      conquistó lentamente los milenios.
      Se abre por fin la tumba a que escaparon;
      les llega aquí la muerte de que huyeron.
      Ya encontré mi cadáver, el que lloro.
      Cadáver de los muertos que vivían
      salvados de sus cuerpos pasajeros.
      Un gran silencio en el vacío oscuro,
      un gran polvo de obras, triste incienso,
      canto inaudito, funeral sin nadie.
      Yo sólo le recuerdo, al impalpable,
      al NO dicho a la muerte, sostenido
      contra tiempo y marea: ése es el muerto.
      Soy la sombra que busca en la escombrera.
      Con sus siete dolores cada una
      mil soledades vienen a mi encuentro.
      Hay un crucificado que agoniza
      en desolado Gólgota de escombros,
      de su cruz separado, cara al cielo.
      Como no tiene cruz parece un hombre.
      Pero aúlla un perro, un infinito perro
      —inmenso aullar nocturno ¿desde dónde?—,
      voz clamante entre ruinas por su Dueño.







      LA MEMORIA EN LAS MANOS
      audio

      Hoy son las manos la memoria.
      El alma no se acuerda, está dolida
      de tanto recordar. Pero en las manos
      queda el recuerdo de lo que han tenido.
      Recuerdo de una piedra
      que hubo junto a un arroyo
      y que cogimos distraídamente
      sin darnos cuenta de nuestra ventura.
      Pero su peso áspero,
      sentir nos hace que por fin cogimos
      el fruto más hermoso de los tiempos.
      A tiempo sabe
      el peso de una piedra entre las manos.
      En una piedra
      está la paciencia del mundo, madurada despacio.
      Incalculable suma
      de días y de noches, sol y agua
      la que costó esta forma torpe y dura
      que acariciar no sabe y acompaña
      tan solo con su peso, oscuramente.
      Se estuvo siempre quieta,
      sin buscar, encerrada,
      en una voluntad densa y constante
      de no volar como la mariposa,
      de no ser bella, como el lirio,
      para salvar de envidias su pureza.
      ¡Cuántos esbeltos lirios, cuántas gráciles
      libélulas se han muerto, allí, a su lado
      por correr tanto hacia la primavera!
      Ella supo esperar sin pedir nada
      más que la eternidad de su ser puro.
      Por renunciar al pétalo, y al vuelo,
      está viva y me enseña
      que un amor debe estarse quizás quieto, muy quieto,
      soltar las falsas alas de la prisa,
      y derrotar así su propia muerte.
      También recuerdan ellas, mis manos,
      haber tenido una cabeza amada entre sus palmas.
      Nada más misterioso en este mundo.
      Los dedos reconocen los cabellos
      lentamente, uno a uno, como hojas
      de calendarios: son recuerdos
      de otros tantos, también innumerables
      días felices,
      dóciles al amor que los revive.
      Pero al palpar la forma inexorable
      que detrás de la carne nos resiste
      las palmas ya se quedan ciegas.
      No son caricias, no, lo que repiten
      pasando y repasando sobre el hueso:
      son preguntas sin fin, son infinitas
      angustias hechas tactos ardorosos.
      Y nada les contesta: una sospecha
      de que todo se escapa y se nos huye
      cuando entre nuestras manos lo oprimimos
      nos sube del calor de aquella frente.
      La cabeza se entrega. ¿Es la entrega absoluta?
      El peso en nuestras manos lo insinúa,
      los dedos se lo creen,
      y quieren convencerse: palpan, palpan.
      Pero una voz oscura tras la frente,
      -¿nuestra frente o la suya?-
      nos dice que el misterio más lejano,
      porque está allí tan cerca, no se toca
      con la carne mortal con que buscamos
      allí, en la punta de los dedos,
      la presencia invisible.
      Teniendo una cabeza así cogida
      nada se sabe, nada
      sino que está el futuro decidiendo
      o nuestra vida o nuestra muerte,
      tras esas pobres manos engañadas
      por la hermosura de lo que sostienen.
      Entre unas manos ciegas
      que no pueden saber. Cuya fe única
      está en ser buenas, en hacer caricias
      sin cansarse, por ver si así se ganan
      cuando ya la cabeza amada vuelva
      a vivir otra vez sobre sus hombros,
      y parezca que nada les queda entre las Palmas,
      el triunfo de no estar nunca vacías

       ¿No lo oyes? Sobre el mundo,
       eternamente errante
       de vendaval, a brisas o suspiro,
       bajo el mundo,
       tan poderosamente subterránea
       que parece temblor, calor de tierra,
       sin cesar, en su angustia desolada,
       vuela o se arrastra el ansia de ser cuerpo.
       Todo quiere ser cuerpo.
       Mariposa, montaña,
       ensayos son alternativos
       de forma corporal, a un mismo anhelo:
       cumplirse en la materia,
       evadidas por fin del desolado
       sino de almas errantes.
       Los espacios vacíos, el gran aire,
       esperan siempre, por dejar de serlo,
       bultos que los ocupen. Horizontes
       vigilan avizores, en los mares,
       barcos que desalojen,
       con su gran tonelaje y con su música,
       alguna parte del vacío inmenso
       que el aire es fatalmente;
       y las aves
       tienen el aire lleno de memorias.
       ¡Afán, afán de cuerpo!




      FACEBOCCK Pilar Iglesias

      FACEBOCCK  Pilar Iglesias
      Pilar Iglesias

      LLUVIA UN POEMA DE TUÑON en la voz DE PILAR IGLESIAS

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